viernes, 1 de agosto de 2008

1 de agosto en Ciudad Rodríguez

De todas las ciudades soñadas quizá Ciudad Rodríguez, auténtico limbo viril, sea la que más transite los circuitos neuronales de los hombres. Y ello aunque allí, amplificada su magnitud por la soledad, acontezcan por doquier invalidantes mínimos accidentes domésticos con que ellos rellenan su parte diario, la hoja de servicios manchada de ketchup. A saber: un intento de apagar con agua el aceite que prendió en la sartén, la saja pequeña pero profunda que deja tatuado el recuerdo de una lata de conservas dura de abrir, la buchada de leche agria, el tarro del azúcar vacío, los zapatos que no desvelan su naturaleza de interfectos por el polvo hasta llegar al portal, el manual de instrucciones de una lavadora que cobra el valor de un incunable... Si alguien nos preguntara qué no es Ciudad Rodriguez diríamos que no es un gueto vecinal, ni un campo de concentración familiar, ni una sala de torturas conyugal. Porque en Ciudad Rodriguez no hay que obligar a los niños a terminarse el plato ni a cepillarse los dientes ni saltar semáforos rojos en pos de una actividad extraescolar. Por la hierba de los parques no retozan más que parejas de recién enamorados. Hay orden de alejamiento contra los niños, que en un área acotada de vacaciones perpetuas crecen con sus complejos, fuertes y sanos junto a sus madres. Lo que no significa que Ciudad Rodríguez sea una ciudad misógina, qué va, si en algo están de acuerdo sus conciudadanos es en la necesidad de respetar escrupulosamente la paridad con respecto a la jóvenes mujeres, porque aquí la cosa siempre funciona como un enlace covalente, en el que la química comparte pares de electrones. Aunque en Ciudad Rodríguez lo de la ciencia no lo llevan tan al día, tan a rajatabla que diríamos. Los adelantos llegan con retraso: hace tiempo que los científicos tomaron el listín telefónico como su particular Citation Index. Lo abren por la A de Anita, simplemente por método, porque son así de sistemáticos. Daría igual la E de Elena o la Z de Zoila, porque a la única y gran pregunta (los hombres son parcos en el hablar en Ciudad Rodríguez) todas responden “sí, estoy libre”. Y los taxistas, únicos en el mundo que siempre están de buen humor y no conocen las calles, atienden las indicaciones del paquete como si de un instructor de vuelo se tratara. Aunque uno no debe extrañarse por sus frenazos repentinos, de que de pronto suelten una mano del volante y tapen las fotografías tamaño carnet orladas en el soportotito del salpicadero con el "No corras papá" escrito debajo, para soltarle con franca desenvoltura a la chica: "Sube que te llevo". Ni de que la muchacha acepte su invitación.
De todas las ciudades soñadas por el hombre quizá sea Ciudad Rodríguez la más transitada por los hombres, o la que más transiste sus circuitos neuronales.

3 comentarios:

Cris Monteoliva dijo...

Un relato muy apropiado para comenzar el mes. Supuestamente, en este mes hay muchos Rodríguez sueltos por las ciudades.

Enhorabuena por el blog. Está muy bien, a ver si esta tarde escribo algo sobre él en el mio.

Anónimo dijo...

Hasta él parece cambiar de color, su textura entre los dedos, su trasparencia al trasluz de la lámpara de la mesita, incluso su sabor, como más azucarado. Y los bichitos sin huevecillos que comer. No, no puedo sentir asco, es la mano agotada en mi barriga la que me hace llorar de rabia al ser consciente de que no es la primera vez.
Ciudad Rodríguez, Ciudad de Cruz.
No sabía que tanto gente conocida tuviera tanto "¡bloom!" de esos.

José Cruz Cabrerizo dijo...

El dichoso "Bloom". He llegado a la conclusión de que mi madre lo usaba porque no se fiaba de insecticidas perfumados como el "Raid", algo que mate debe oler mal. La muerte también tenía un precio entonces y el Raid desde luego era más caro. Cuidado con esos bichitos y gracias por visitarme, apañao/apañá.