martes, 4 de noviembre de 2008

EL SECRETO DE LA CONSERVACIÓN

He aquí el relato que tuve la suerte de que me dejaran leer el día 3 de noviembre en el antigüo Anaïs, ahora Piaff, y que además me han publicado en un "Librito del Anaïs". Reportaje fotográfico completo en http://demesencuando.blogspot.es/i2008-11/ Allí podréis apreciar cómo hasta me había puesto, tal como prometí, colonia Jacks para salir bien en las fotos (las afortunadas muchachas que tuvieron a bien besarme lo comprobaron). Ahí queda el relato
EL SECRETO DE LA CONSERVACIÓN
1

Por aquellos días en mi casa reinaba una sensación extraña, algo parecido a lo que flotaría en el ambiente si alguien nos diera la noticia de que el mismísimo Jehová iba a poner pie en el felpudo de la entrada. De eso hace ahora cinco años; en 1945; recién terminada la guerra. El teléfono, igual que un bebé hambriento, o como uno de esos enfermos tiranos que se postran en la cama sólo por fastidiar (mi padre habla mucho de esos casos), no hacía más que reclamar atención, y si uno pegaba el oído, del otro lado de la línea eructaban atropelladamente, a todo correr, unas voces relamidas de señoras que yo imaginaba tocadas con sombreros estrambóticos. No me equivoqué. Aunque eso sea adelantar acontecimientos, he de decir que muchas aparecieron con unos que parecían fruteros. Otras tenían en la cabeza los campos de la primavera. E incluso las más arriesgadas lucían prototipos para los que, según mis cálculos, el sombrerero a buen seguro tuvo que desplumar varias gallinas inglesas.
Puede que entre ellas acordaran alguna consigna secreta para fastidiarme, porque siempre daban por terminado el recado de que mi madre se pusiera al aparato remachando sus palabras con un ridículo “guapín” o “corderito” que más de una vez, así es, me tentaron a colgar sin contemplaciones. Sin embargo, he de confesar que eso no es lo peor que se me pasó por la cabeza. Les deseé cosas más horrendas; por ejemplo que sus collares, muy ajustados a la garganta y con bolas del tamaño de las del billar, por arte de magia se convertieran en boa constrictor que las hiciera callar. Desde luego no pasan de ser cosas de la edad. Hay que tener en cuenta que se es muy susceptible a los once años. Uno ya se mira en el espejo en busca de las primeras erupciones de pelo en el pecho. Con la puerta del baño bien atascada me sentaba en el inodoro y echaba el rato con la vista fija en... bueno, en el pubis. Pretendía sorprender algún pelo en su despuntar. ¡Como si la hierba se pudiera ver crecer!
Mamá andaba tan descocada como mi hermana cuando aquella fiesta que organizó aprovechando que mis padres pasaban un fin de semana de aniversario en el lago Mistela. Entonces sí que saqué buena tajada, y la enseñanza de que en esta vida, por vender se puede vender hasta el silencio. Pero a lo que íbamos. Ahora era mamá la que se deshacía en un frenesí de risitas; de “sí, cómo no, querida”; de anotar nombres en una libreta junto al teléfono que en la tapa tenía pegado un pequeño rótulo escrito a máquina: “Asistentes a la reunión”. A decir de mi hermana, en aquel cuaderno había más relumbrón que en la oficina del banco de Chesterton Avenue con todo su oro junto. “La crema de nata de la sociedad local”. Eso fue exactamente lo que dijo, en un tono tan despectivo que irritó a mamá, y que le hizo reñirle severamente. Bueno, yo también debería tener alguna deuda pendiente, porque a raíz de eso nos obligó, a los dos, a estar presentes en el encuentro.
-Así sabréis valorar lo importante que es que las personas sepan comportarse en sociedad.
Yo amenacé con escaparme a las montañas y hacerme ermitaño, y mi hermana con ponerse enferma el día que se fuera a celebrar el mercadillo para recaudar fondos con que erigir el monumento al soldado desconocido. No surtió ningún efecto. Mi madre tenía suficiente artillería para los dos:
-Tú vete, que ya volverás. Y tú hablaste de la fiesta de no sé quién, que por cierto va a ser antes de lo del rastro. Y que como es de rigor tendrías que comprarte vestido, zapatos, complementos...
Llegado el momento mi hermana tuvo que hacer de tripas corazón y lucir sus mejores modales de muchacha en edad de ser pretendida por uno de esos jóvenes deportistas de pelo engominado, reluciente como su porvenir. Yo me vi obligado a aplastarme los remolinos con brillantina.
-Estos son mis hijos. Hijos míos, os presento a la señora Brownie Wise y al señor Earl Silas.
Había que ver a mi madre. Hacía las presentaciones de una forma tan, tan ridícula... Los suyos eran gestos sacados de una de esas películas en donde durante un baile de copete, las damas, muy remilgadas y con vestidos como campanas, disimulan su sonrisa tras un abanico.
Cuando abrimos la puerta de dos hojas para entrar en el salón de nuestra casa el estruendo de aplausos fue apoteósico. Cualquiera podría pensar que iban dirigidos a mi, que tuve que hacer las veces de operador telefónico durante esas semanas. Pero no cabía tanta gratitud en aquellos rostros siniestros y pintarrajeados. Eso que muchas de ellas me debían el estar allí... Todas las miradas se afanaban en abarcar a Earl Silas y de pronto aquellas atolondradas rompieron en aplausos. Para mayor gloria de mi madre he de decir que una vez que les presentó a todas y cada una de las momias, tuvo a bien levantar la condena de obligarnos a tragar con semejante aquelarre. Sólo volví a la sala en otra ocasión, y fue para llevar una jarra de limonada.


2

Con las gafas redondas, Earls Silas despedía un cierto tufo a profesor. Junto a su mano derecha, sobre el mantel, la cajita donde guardaba las lentes semejaba la concha abierta de una navaja que se acabara de comer. Y como si de un predicador vaticinando el fin del mundo se tratara, en torno a la mesa todas lo escuchaban embelesadas. Un pintor, a poco talento que tuviera, habría sacado tajada de la escena. Por ejemplo pintando “Reunión de forenses en torno de un cadáver”. Parecían un montón de buitres. ¡Eso! Mejor “Un montón de buitres”.
La mesa era un terreno baldío, y el espectáculo de la bandeja arrasada, desolador. Nunca me había sentido tan mal tratado. De la hermosa tarta que tres o cuatro horas antes adornaba la cocina no quedaban más que algunas miserables migajas, apenas los terruños desprendidos de una montaña. Pero aunque de vida efímera, su sabrosa fragancia todavía llenaba la habitación igual que hace el líquido dentro de una botella. ¡Qué bien me ha quedado eso dicho así! Ahora que ya he vivido lo suficiente estoy en condiciones de decir que algunas ilusiones son tan poco consistentes como pompas de jabón. Pero hete aquí que sin embargo, islote en medio del océano, oasis en el desierto, en el plato de Earls Silas descansaba la porción que le sirvieran. Ni siquiera la hurgó con el tenedor. Las láminas de manzana aún lucían superpuestas unas sobre otras como escamas en la coraza de un armadillo.
-Por si te interesa saberlo, la elaboración de una tarta de manzana implica un trabajo ímprobo –eso no se le ha quitado, a mamá todavía le gusta usar palabras atascadas en diccionarios mohosos-. Una tarea reservada sólo a las ocasiones muy especiales. ¿Acaso piensas, jovencito, que todos los días me puedo meter en la cocina?
¡Malditas buenas maneras! ¡A los hombres primitivos no los refrenaba esa manía del refinamiento! Estoy por apostar que de haber observado ellos las mismas estúpidas costumbres, a estas alturas andaríamos tan poco evolucionados como para tener a Blancanieves de presidenta de la nación. De buena gana me hubiera abalanzado sin miramientos sobre el trozo que, como un náufrago aterido por el frío, temblaba en su platillo de porcelana. Porque seguro que temblaba. Ninguno lo percibíamos, pero puedo jurarlo: la casa por fuerza tenía que estar vibrando. ¿Qué cual era la causa? Aquellas hormigoneras que todas sin excepción llevaban sepultadas bajo un manto de grasa; sus estómagos inflados como gaitas irlandesas, puestos a funcionar. ¿Son los perros o los gatos los que barruntan los terremotos? Si cualquiera de esos detectores domésticos estuviera en la sala, se le habrían disparado todas las alarmas.
Cuando mi madre hizo un gesto muy comedido con la mano para que espabilara, fue cuando salí de mis cavilaciones. Puse la jarra en el centro de la mesa, donde mismo quedaban algunos vasos sin usar. También había unos cuantos cacharritos hechos de plástico. Pero un plástico más refinado, menos rugoso que el de esas primeras regaderas que vendían en Brito’s y que según el dependiente estaban llamadas a desbancar a las antiguas, hechas de chapa de cinc, pesadas y feas como dinosaurios. La mayoría de los cacharritos tenían puesta su tapadera, pero en un aparte quedaba esparcido un batiburrillo de tapas y cacharros sin ellas. Había de varios tamaños y distintas formas: cuadrados, rectangulares...
Pero ya digo, el verdadero centro de atención, como un superhéroe que se hubiera avenido a dar una conferencia, era el hombre, ahora de pie. Aunque bien visto, tengo que reconocer que cautivaba el tono de sus palabras, más propio de un mago que pronto fuera a sacar un conejo de la chistera.
-Lo siguiente, señoras, que les voy a mostrar, es la principal de todas las ventajas: el secreto de la conservación.
Tomó una de las cajas y su correspondiente tapadera, y la exhibió al distinguido público congregado que no dejaba de mirar a las dos partes, lo mismo que el que tiene un ojo puesto en el serrucho y el otro en la chica que sobre el escenario está introducida en un ataúd por el que le asoman sólo las extremidades y la cabeza, y a la que van a partir como una rebanada de pan, sin que exhale una queja, y que luego para mayor asombro en vez de en la morgue termina de pie recibiendo las ovaciones. Puso el contenedor en la mesa. Cogió la porción de tarta. En la candidez propia de mi edad pensé que me lo iba a ofrecer, pero el muy canalla lo metió dentro.
-Después voy a taparlo. Les aconsejo que no sean impacientes y esperen dos días para volver a abrirlo. Comprobarán por si mismas que esta exquisita tarta –menudo falso el tío, si ni siquiera sabía cómo sabía, válgame la redundancia- se conserva intacta –sonó una leve ráfaga de aplausos-. Ahora, la señora Brownie Wise, a quien antes ya he tenido el gusto de presentarles, procederá a repartirles una hoja con los datos para dirigir sus pedidos cuando lo deseen. Porque estoy seguro que así lo harán –y su voz adquirió un tono picarón, como si en realidad buscara concertar una cita con alguno de aquellos loritos.
Puso la tapa y a continuación presionó. El “choff” que salió del cacharro al cerrarse hizo que se desatara un tremendo palmoteo. ¡Menuda proeza! Mamá me miraba con la boca apretada y la frente llena de arrugas. ¿Por qué tendría que aplaudir? ¡A mi no me emocionó lo más mínimo! Si tuviera que definir la impresión que me provocó diría, si acaso, que lo encontré gracioso. Me recordaba la salida de una ventosidad apagada, escapada sin fuerza, temerosa de delatar en público la evidencia de su fuga. Es el mismo ruido que yo puedo hacer si me pongo la mano en el sobaco (dejando fuera el pulgar) y aprieto rápido y fuerte el brazo. La diferencia estriba en que cualquier cosa que me metiera en el sobaco terminaría fermentando.


3

-Muchacho, me han dicho que has contribuido enormemente al éxito de este encuentro haciendo las veces de secretario –yo era el último de quien se estaba despidiendo y me tendió su mano que estreché-. Aquí tienes mi tarjeta. A lo mejor un día te puedo devolver el favor –y sonrió dándome un cachete amigable en la mejilla.
Nunca he hablado con nadie de esto, pero muchos días miro y remiro la tarjeta que guardo en mi álbum de recuerdos valiosos: “Earl Silas Tupper. Químico e inventor”, y entonces vuelvo a preguntarme por eso que sigue siendo un misterio para mí, el secreto de la conservación. El tupperware, fiel a su inventor, conserva bien su secreto.

4 comentarios:

Cristina Monteoliva dijo...

¡Qué gran invento, el amigo tupperware! ¡Y qué gran cuento el del amigo José!
Avisados están ya los asiduos a mi blog.

Jesús Ortega dijo...

Enhorabuena otra vez, José.

Tuve la suerte de estar anoche escuchándote leer tus cuentos en el café Piaf de la ciudad de Granada: magníficos.

Un abrazo
Queremos leer más
Jesús Ortega

José Cruz Cabrerizo dijo...

Llevo desde las 6:00 de la mañana levantado para la nada grata tarea de hacer mis ejercicios de inglés que incluyen la búsqueda de datos en internet sobre el "Guy
Fawkers' Day". Ahora que me voy a desconectar echo un vistazo y me alegro el día sabiendo que gana Obama y que uno puede contar con amigos que le alegran el despertar a uno con estos halagos, y que a pesar del frío y de la hora no dudarán en apoyarlo.
Muchas gracias Cristina y Jesús, que vuestro día sea más tranquilo que el que a mí me espera.

Un abrazo.

Cristina Monteoliva dijo...

Mira que me gustaba estudiar inglés, pero eso de levantarme a las 6 de la mañana, y con estre fresquete que hace últimamente...No sé yo...
Ánimo con ese día, José!