sábado, 22 de noviembre de 2008

EL CICLO DE LAS ESTACIONES


A una distancia poco prudente las garzas baten las alas de forma desacompasada, carentes de esa elegancia que lucen en las danzas de cortejo. Son puro alboroto, movimiento frenético para zarandear el corazón y que les siga regando por dentro; tienen que aventar los cristales de escarcha, el rígido sarcófago del frío que les pone reflejos brillantes de lágrima en las plumas.
El hombre que mira las garzas abre unas manos de dedos largos, entumecidos como varillas huesudas de abanico, y suelta sobre el témpano de hielo el poco mijo que pudo sisar a su dieta colmada de cuencos rasos.
Con la falta de pericia de un reptil aletargado saca las lentes de su funda. Luego una gamuza que en mejores tiempos debió ser azul marino. Tal vez está convencido de que frotando con ese harapo deshilachado va a poner claridad en las dos galletitas redondas veladas de ralladuras como el cuarzo que son los cristales de sus gafas.
-Si sobrevivo al invierno... -murmura a media voz.
Si sobrevive al invierno no dudará en acudir al templo, ofrecer su palo de sándalo y una hoja de pan de oro al buda junto a la rosaleda, allí donde las flores, todos los años, consiguen revivir el perfume del jabón de tocador de su esposa. La memoria de los ancianos tiene la naturaleza propia de los misterios insondables del universo. Da cuerpo, hace vívidos los primeros recuerdos, y tritura, digiere y excreta los momentos apenas recién consumidos.
Luce una torpeza de marioneta rota, ahora que se aleja de la laguna congelada en dirección a la escuela. Unos pasos adelante gira la cabeza por ver si las garzas se acercan al montón de mijo. No se percata del saludo de los dos niños que también van camino de la escuela.
-Ya me sé el haiku de Matsuo Bashô –dice muy alto con el humo blanco de su aliento el crío que lleva bajo el brazo el bunchin para apoyar la hoja de papel. ¿Te lo digo? –y toma con la otra mano el fude. Sujeta el pincel como un espadachín y empieza a caligrafiar el aire limpio de la mañana; y eleva la voz como si quisiera llevarla al anciano-. “La primavera pasa. Lloran las aves. Y son lágrimas los ojos de los peces”.
Su compañero se encoge de hombros y por un momento, en el altar de sus manos se mueve una figurita de cera que representa a otro niño, la deidad redentora de los cristianos. Se acerca la fecha en que celebrarán la fiesta de su nacimiento. Luego la conmemoración de su muerte, como el frío sucede al calor, venido para fundir el témpano sobre el que ya no queda nada del puñado de mijo. Un calor capaz de rendir hasta la propia figurita de cera del salvador.
El hombre se pone las gafas. Las lágrimas, calientes, no se congelan, pero le engordan los vidrios borrosos. Retoma su andar. Ajeno ya al jaleo de las aves, el viejo dice, ahora para sus adentros: “Si sobrevivo al verano...”

3 comentarios:

Jesús Ortega dijo...

Hermoso el cuento.
Hermoso el haiku.

José Cruz Cabrerizo dijo...

Gracias, por la parte que me toca. El haiku efectivamente es de su autor, por lo que no puedo atribuirme el m{erito de atribu{irmelo.

Un abrazo.

Cristina Monteoliva dijo...

Si sobrevivo al invierno, si sobrevivo al verano...Que sobrevivan los cuentos en nuestra memoria!
besos