martes, 1 de junio de 2010

TIERRA SIN TIERRA



Mamá mira a través de los cristales empañados del invierno cómo mi padre despeja de nieve, a fuertes paladas, como un jabalí enardecido, la entrada del edificio en que vivimos y trabajamos de conserjes.
Yo miro las pequeñas agujas de hielo que flotan en la lata de chucrut recién abierta. Mi hermana la acabade traer, y se calienta las manos adoloridas por la helada en la estufa que domina la estancia, nuestro universo único de salón comedor, dormitorio, sala de estar, sala de velatorios… El ataúd de mi abuela descansó sobre la misma mesa astillada y repintada en que ahora aguarda la lata de chucrut. Durante el día y medio que la abuela estuvo allí no pudimos tomar más que bocadillos, la mesa era un territorio tomado, y comer equivalía a no demostrar pena.

Mi abuela paterna cumplió su sueño de no durar mucho en la tierra prometida, la tierra donde la tierra no se pisa,la Norteamérica que miraba con uno ojo cubierto de cataratas. En Ucrania jamás vio más tipos humanos que los caucasianos. Así que cuando se cruzó por vez primera con algunos negros, debieron tomarla por una blanca chiflada, no podía ser de otra manera en una mujer que reaccionó con gritos de espanto al contemplarlos. Luego ya, en su constelación de confusiones decía que eran una raza de mineros del carbón.

Mi padre ha golpeado con los nudillos en el cristal del sótano. Es la señal, precisamente para el carbón. Toca alimentar el corazón de la bestia, y para eso debo bajar los escalones del sótano. La caldera reparte su aliento por todo el edificio, a excepción de nuestro cubículo, donde late el corazón de otra bestia menor, una estufa de hierro, colado o fundido, todavía no sé la diferencia.

No hay comentarios: