lunes, 19 de enero de 2009

CUADERNO DE CAMPO

Claramente este es un relato impostado (por eso lo pongo en letra pequeña) como el nombre de Gladys. Copiado de alguno de los que ese maestro conocido por Jesús Ortega tiene colgado en su blog. Los escritores son ladrones de vidas, de modo que quien roba a un ladrón... Por pura y cochina envidia no incluyo la dirección de su blog, que está más abajo, en una lista. Que ya tiene bastantes visitas el tío.


CUADERNO DE CAMPO

Del hombre barrigudo que está acodado en la barra, en una postura que aunque parezca desafiante no implica más que mera comodidad, desconozco su nombre. Sí sé que es enlucidor o yesaire, que los brazos ya le pesan como sacos, que la lumbociática lo está matando, y que retoza en una cama que Gladis (nombre a todas luces impostado) calienta con una bolsa de agua. Gladis es la puta más gorda y a veces descuida sus obligaciones depilatorias, y él es un hombre con una dignidad a prueba de físico: “Las guapas que van por la calle se arreglan para estar guapas y que las mires. Pero si las miras se supone que ya eres un baboso asqueroso. ¡Anda y que les den!”. Y levanta su vaso de blanco y se lo lleva a los labios para rubricar, para santificar con vino bendito sus palabras, mientras patas arriba sobre el mostrador, una mosca se debate girando sobre sí misma como un break dancer. En este local tienen un nicho ecológico también en invierno, si no cómo se explica. A no ser que se trate de moscas del vinagre y se alimenten de los caldos que sirve este dueño hastiado de trasegar chascarrillos y deudas aplazadas en libretas amarillentas. Un buen chiste para contar en el laboratorio. Eso si yo aún siguiera allí: “Entra una drosophila melanogaster en un bar y pide un vino agriado…”.
Se le dilatan las pupilas cuando habla de sus gordas, la que da y la que recibe. Apostaría a que la testosterona le inflama allí abajo tanto a la gorda, la que da, cuando piensa en la otra gorda, que la piel y los tejidos del enlucidor se estiran. Hasta ese punto; hasta el punto de dilatarle las pupilas. Como cuando dice que goza a Gladys sólo los domingos que gana su equipo, pero que veces tiene que ser infiel, romper el celibato igual que ahora, que no están en racha, con tantos negativos pesando sobre la cabeza del entrenador. Y como el jugador de ajedrez iracundo que barre todas las fichas del tablero, de un manotazo limpia del mostrador los huesos de aceituna. Salen disparados como el vómito de una bomba de racimo, y el suelo se convierte en una resbaladiza pista americana, en un campo minado que habré de atravesar con sigilo de borrachera camuflada.

2 comentarios:

Jesús Ortega dijo...

Bueno, bueno, señor Cruz: pedazo de escritura.

No te lo creas demasiado, pero hay que ver cómo sabes llevar el ascua a tu sardina narrativa (lo que llaman mundo propio).

Todo lo que escribes tiene el sabor inconfundible de José Cruz, venga de donde venga. Me refiero a esos narradores tuyos sicalípticos, escatológicos, políticamente incorrectos, a esa mirada torva y humorística sobre las suciedades del mundo...

A ver lo que haces con todo este material.

Y gracias de corazón por el homenaje, amigo.

José Cruz Cabrerizo dijo...

Me alegro de que te gustara. Escribir es un acto de celebración del mundo, aunque no haya muchos motivos para celebrar este de ahora.
Ahora a ver si amplío mi vocabulario con esta nueva palabra: sicalíptico.

Gracias por seguirme y un abrazo.